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Pocho,
parado sobre el techo de la escuela donde preparaba
la comida para los alumnos, intentó frenar
la represión desmedida contra la gente. Gritó
a un patrullero que se dirigía a la multitud
disparando tiros al aire, y el vehículo policial
dio la vuelta. Los oficiales se bajaron apuntando
sus armas a Pocho, quien gritó:
-¡Bajen
las armas! Acá sólo hay pibes comiendo.
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El disparo
lo arrojó hacia atrás y su cuerpo se desplomó
sobre el techo de chapa.
En ese
entonces, el Gobierno de Fernando de la Rúa y su
fantasmal Alianza se desmoronaban como una marioneta desarticulada.
La continuidad del modelo neoliberal menemista, la concentración
de la riqueza, la ciega obediencia al FMI, la política
de ajuste, el desmesurado aumento del desempleo y la vertiginosa
multiplicación de la pobreza, provocaron una desesperante
situación en todo el país. Los postergados
de siempre, desocupados e indigentes, ganaron las calles
y salieron a tomar de los supermercados los alimentos que
la proclamada democracia cotidianamente les negaba.
| El
Gobierno, arrinconado, no asimiló la gravedad
de los hechos. Dispuesto a proteger más sus mezquindades
que a cubrir las necesidades de la gente, pretendió
sostenerse en el poder a cualquier precio: no ordenó
combatir el hambre sino a los hambrientos. Las fuerzas
policiales salieron a cazar, no a los denunciados sino
a los denunciantes. Los pobres no debían ser
asistidos, sino replegados a fuerza de golpes y balas
nuevamente hacia los barrios, detrás de los muros.
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En esas
jornadas, la ciudad de Rosario, con un alarmante índice
de pobreza, se articuló a la situación nacional.
Con más del 20% de desocupación, y más
del 10% de la población en villas miseria, la gente
se hizo oír.
Pocho
Lepratti trabajaba como auxiliar de cocina en el comedor
de la escuela número 756 'José M. Serrano'
de Las Flores, un barrio duramente azotado por la desocupación
y la pobreza, cuyos vecinos se encontraban sumamente movilizados
el día 19 hasta que se desató la represión.
Pocho se mantuvo expectante durante todo el día.
Junto con sus compañeros, subía al techo de
la escuela, desde donde se ve la avenida de Circunvalación,
una las principales arterias de circulación de la
ciudad.
El conflicto
se desarrollaba a más de 300 metros de la escuela,
y cuando pasó el móvil 2270 del comando radioeléctrico,
disparando hacia el aire, a reprimir la movilización,
Lepratti los increpó a detenerse, porque las balas
podían herir a alguno de los niños de la escuela.
Fue entonces cuando el patrullero dio la vuelta y se detuvo
frente a Pocho. El agente Velásquez, que salió
de la parte posterior junto con el agente Pérez,
hizo el resto.
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La
policía, que suele proclamarse una institución
al servicio de la comunidad, en momentos de tensión
muestra sin reparos su verdadera esencia de pandilla
que responde a intereses criminales. Los policías
actuaron con la impunidad que les otorgó el Estado
para matar a los excluidos. Entre el 19 y 20 de diciembre,
mientras oscuros personajes eran protegidos en lujosas
mansiones, los luchadores sociales eran asesinados en
las calles. La represión dejó un tendal
de muertos en todo el país, una innumerable cantidad
de heridos y miles de detenidos. |
El mensaje
fue claro: el que no se resigna a morir de hambre, muere
de bala o cárcel. En este marco, el asesinato de
Pocho no fue casual. El fue elegido por la fuerza pública,
fue asesinado como un blanco estratégico.
Pocho
estaba comprometido con la fe cristiana, pero tenía
una propuesta más activa y se definía a sí
mismo como un cristiano revolucionario. En 1986, a los 20
años, ingresó como seminarista en el instituto
salesiano 'Ceferino Namuncurá' de la localidad de
Funes, provincia de Santa Fe, donde se preparaba para ejercer
como hermano coadjutor.
El y
sus compañeros seminaristas visitaban distintos barrios
durante los fines de semana y hacían trabajos con
los jóvenes y los más chicos. De esta manera,
y durante cinco años, estuvo en contacto con la gente
humilde, y le entusiasmaba la idea de dar mayor continuidad
y profundizar esa tarea, pero la Iglesia intentaba convencerlo
de que debía posponer ese objetivo para más
adelante. Pocho no quería esperar, quería
actuar de inmediato, y planteaba estar más tiempo
en la villa, cerca de la gente, más comprometido
con el barrio. El pensaba que la fe y la acción no
debían marchar separadamente, él quería
creer haciendo, y fue ese modo de pensar lo que despertó
una contradicción en su misión religiosa.
La institución salesiana le negó la propuesta,
argumentando que aún le faltaba preparación
y que ya habría tiempo para dedicarse a esas actividades
más intensamente. Pocho se encontraba en la última
etapa del seminario y ya había tomado los votos de
castidad y pobreza, pero cuando debió tomar los votos
de obediencia decidió abandonar la institución
y renunciar a la carrera religiosa. Decidió instalarse
directamente en una villa de Rosario ubicada en el barrio
Ludueña Norte, donde continuó con sus votos
de pobreza y castidad.
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En
el barrio comenzó a trabajar en comedores populares
y docencia solidaria junto con Edgardo Montaldo, un
sacerdote emblemático del lugar, con más
de 30 años realizando actividades junto a los
vecinos. A partir de entonces Pocho abrió y
coordinó talleres participativos de formación
y aprendizaje, a favor de la educación popular
y en contra de la exclusión social. Creó
alrededor de diez grupos juveniles, a partir de los
cuales abordó y difundió temáticas
vinculadas al VIH, salud mental, trabajo infantil
y derechos humanos. También enseñó
a tocar la guitarra y organizó campamentos.
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Graciela
Cappelano, testigo fundamental para el encarcelamiento
de Velásquez, reconstruye el momento del disparo.
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De este
modo, muchos jóvenes que andaban desocupados y desorientados,
alimentando el negocio de la droga y la delincuencia, se
vieron contenidos en los talleres y las inquietudes de Pocho.
Junto
a otros militantes, Lepratti fundó en 1993 la agrupación
conocida como La Vagancia, que aglutinó
una gran cantidad de jóvenes del barrio orientados
a desarrollar diversas actividades. La Vagancia surgió
en la Comunidad Sagrada Familia, como un espacio de organización
juvenil dispuesto a reivindicar y defender los derechos
de los mismos jóvenes. El grupo solía organizar
actividades de cultura popular y música en los espacios
públicos, y junto a sus integrantes Pocho se acercó
al Centro de la Juventud de la Municipalidad, donde coordinó
talleres y organizó cine debate, entre muchas otras
actividades, con el objetivo de rescatar la propia historia
y la dignidad de estos jóvenes.
Tiempo
después La Vagancia impulsó, junto
con otros grupos, el surgimiento de la revista Angel de
Lata, editada y distribuida por los mismos chicos en situación
de riesgo.
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Claudio
Lepratti además trabajó en la Cocina
Centralizada y militó activamente en su condición
de empleado estatal. Mediante un acuerdo entre la
Municipalidad de Rosario y la Vicaría del Sagrado
Corazón del padre Montaldo, trabajó
desde el Centro Crecer número 19. Allí
repartía semillas a los vecinos del barrio,
y el salario que percibía por realizar esta
actividad lo destinaba completamente a las actividades
del grupo 'La Vagancia'.
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Pocho
se entregó incondicionalmente a luchar contra la
exclusión social y tenía la enorme capacidad
de ver al otro como un hermano. En su vida cotidiana, supo
acompañar con los hechos sus palabras y sus pensamientos.
Quienes lo conocieron, aseguran que no imponía sus
ideas como pensamiento único sino que se preocupaba
por hacer circular la palabra y despertar el pensamiento
crítico. Los jóvenes que estuvieron junto
a él recibieron un valioso legado para enfrentar
la adversidad con creatividad y propuestas, sin bajar nunca
los brazos y continuar con los estudios a pesar de los obstáculos.
| Pocho
y su bicicleta eran compañeros inseparables.
Cada día, atravesaba pedaleando la ciudad, cubriendo
un recorrido de entre ocho y diez kilómetros.
Con frío o calor, con lluvia o viento, llegaba
a todas partes sobre su rodado. Esta fue la causa por
la que es recordado como un ángel con alas montado
en su bicicleta. |

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Cuando
recibió el disparo, Pocho cayó hacia atrás
y comenzó a desangrarse desplomado sobre el techo de
la escuela. Después de haberlo ejecutado, los policías
se retiraron sin atender los gritos de auxilio de las demás
personas que se encontraban con Claudio. La intención
de los agentes era dejarlo morir desangrado ahí mismo.
Pocho
fue velado en el patio de la escuelita del padre Edgardo,
con el marco de una impresionante muestra de dolor popular.
Cientos de personas quisieron darle un último abrazo,
antes de que su cuerpo fuera trasladado a Concepción
del Uruguay, la tierra que lo viera nacer y en donde ahora
descansa.
Luego
de su muerte, la Biblioteca Popular Pocho Lepratti fue abierta
en su homenaje. Ofrece distintos talleres y se propone recuperar
mediante la educación popular, el trabajo que Pocho
venía realizando en contra de la exclusión
social y por una sociedad igualitaria participativa. En
lugar se realizan talleres reflexión, arte, teatro,
guitarra, murga y serigrafía. Los jóvenes
aprenden oficios que les permiten conseguir empleo, y de
allí salen las banderas, las remeras vinculadas a
la identidad de este espacio. que también trabaja
en coordinación con otros movimientos sociales.
Hoy
a Pocho lo llaman Pochormiga. La unión de las dos
palabras apareció después de su asesinato,
a modo de memoria colectiva y como una reivindicación
del trabajo. El decía que su trabajo era lento como
el de una hormiga, y que muchas veces parecía imperceptible.
Pero afirmaba que aunque el trabajo pareciera no tener efecto,
era el esfuerzo sostenido lo que dejaría una simiente.
Hoy
Pocho es un símbolo de lucha y solidaridad, dignidad
y trabajo. Su nombre se encuentra en las pancartas, en los
afiches, en los volantes, en las canciones. Su nombre es
recordado en diversos murales y en numerosos festivales,
encuentros y manifestaciones. Cientos de paredes rosarinas
rezan leyendas de Pocho vive', 'Pocho: tu lucha seguirá',
'Pocho vive en el corazón y en los rostros de los
que exigen justicia', o 'Pocho nos muestra el camino'.
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León
Gieco le dedicó un tema, y una gran cantidad
de comedores popular lo recuerdan como un emblema.
Pocho
también es representado por una de las tantas
bicicletas pintadas en las paredes de Rosario, las
cuales evocan a los luchadores que el Estado se llevó
y que jamás volvieron.
En
Argentina, mientras los bufones y padrinos se multiplican
en los cargos públicos y siguen definiendo
nuestro destino, los referentes sociales siguen siendo
asesinados, siguen siendo desaparecidos.
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Fuente:
Argenpress